Homero Muñoz


las viejas**


   Mercedes torció un poco la mirada para acomodarla al ángulo de su cara en el espejo. Se empolvó la palidez con desgano, deslizando la esponjita sobre su mejilla, girando la cabeza, desaprobando cansadamente. No tiene vuelta atrás, pensó. No quería pensar; pensar demasiado, pensar que pensaba demasiado. El torrente de años le pesaba en cada poro, gritaba realidad desde sus pupilas apagadas, desconsolaba desde sus ralas cejas ahora reforestadas por el lápiz o sus desdibujados labios vanamente reinventados por el rouge. Parecía un payaso, se dijo. Pintándose para salir a escena. Payaso de interna triste como todos los payasos, con resaca melancólica después de cada derroche profesional de sonrisas.
   Mercedes no era profesional de la sonrisa. Un estremecimiento amargo le orografiaba la cara y se camuflaba sólo ante la presencia de alguno de sus nietos. Tampoco todos. Sólo los más traficantes. Los dispuestos a ceder mimo a cambio de helado, besitos tiernos por videos y abrazos por juguetes. A los insurrectos imaginativos, no los aguantaba. Que los aguantaran los padres. Mantener su casa ordenada y limpia le costaba una energía de la que adolecía y no estaba de ánimo para que se la pusieran del revés en pocos minutos. Ya no se educaba como en su época.
   Se retocó otra vez la mejilla izquierda, guardando la esponja con una indefinible sensación de futilidad. María Inés llegaría en cualquier momento con el taxi. No es que fuera muy puntual, pero si no estaban en hora podían perder el avión.
   El apartamentito lucía desordenado para los estándares habituales de Mercedes, principista mantenedora del: "cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa". La premura en la preparación de la valija para el viaje había trastocado su de otra manera impecable organización. Mercedes había transitado su existencia maniatada por un esclerosado código de acción. Intentaba siempre la lejanía de los límites, de los extremos. Lloraba menos lágrimas que las que tenía para verter y reía con menos enjundia que la posible. Inapelable en su vocación de equilibrio, tenía, sin embargo, muy allá en el fondo del estómago, en la entretripa, un retortijón, un malestar, la sensación de quien sabe que se ha olvidado de algo, pero no logra dar con el qué.
   La bocina del taxi llegó clara a sus oídos. Hoy era un buen día para su audición; seco y frío, mejoraba notablemente su capacidad de oír, bastante mermada por el implacable.
   Miró a su alrededor: había hecho ensalada toda la fruta que le quedaba y la había congelado; había regado las plantas y la vecina le había prometido darles agua cada 2 o 3 días; la mesa había quedado hecha un desastre, llena de cosas, pero bueno, ya no había tiempo. Se puso el pañuelo, comprobó el pasaje y los documentos y recogió su valijita. Una última ojeada y aferrando con decisión la manija de su equipaje, salió. Cerró la puerta del apartamento, trámite que, llave normal, llave de seguridad y candado de por medio la hizo acreedora a otro bocinazo del taxi.
   Descendió los dos pisos que la llevaban hasta la planta baja y haciendo señas con la mano, revisó su buzón, por si había cartas de último momento. Dos de sus hijos vivían hacía años en París y mucho menos de lo deseado, le escribían alguna carta superficial y anecdótica. Sus nueras escribían más.
   Cuando se quedó viuda, la frecuencia había mejorado, pero pasados estos dos años, había recuperado el espaciado normal.
   María Inés le abrió la puerta del taxi.
   El taximetrista se bajó, para abrir el baúl y poner la valija, pero Mercedes insistió en llevarla con ella en su falda. - Después me olvido - adujo.
   Pañuelo contra pañuelo, se dieron un beso y María Inés con su habitual desparpajo: - ¡Qué pelotas che!. ¡Llevo diez minutos esperándote!
          - No será tanto- contestó Mercedes con un mohín de impaciencia.
          - Al aeropuerto- ordenó María Inés.
          - Me quedé un momento revisando por si había cartas- comentó Mercedes a modo de justificación.
          - ¿Y?.
          - Nada. No escriben. Parece que no tuvieran madre.
          - ¡Ah!- contestó María Inés- por eso yo no tuve hijos. Para que se vayan y te arrumben en un rincón como un trapo viejo, después de haber perdido la vida en criarlos. No mijita. A mí no me vengan con esas.
          - Ya lo hemos hablado, Mainé. Yo elegí tenerlos y no me quejo.
          - Pero sí que te quejas- retrucó María Inés.
          - Bueno ta. No me quejo más. ¿A qué hora llegamos a Buenos Aires?.
          - Siete y media.

   El trayecto al aeropuerto, por la rambla, le agitó a María Inés una polvareda de imágenes de su temprana juventud en Malvín, cuando conociera a Mercedes, hacía ya medio siglo. Sus paseos por la playa, los atardeceres compartidos, la poesía escrita a medias, en elaborados alejandrinos, siempre quejosa, fetichista del amor. Su alejamiento cuando Mercedes se casó y se fue para el interior siguiendo a un marido ignorante y prepotente, del cual, si tenía alguna virtud, pocas poetisas serían capaces de loarla en versos, obligadas a abjurar de la verdad de su todo, incontinente y tosco.
   Mercedes se mujerizó, en el peor sentido de la palabra. Se preñó, se engordó, se banalizó, dejó de ser su Mercedes, mimetizando su angustia para parecer madre feliz de hijos, a la postre desagradecidos como todos.
   Después la dictadura y los hijos corriendo a esconderse en el Norte cómodo y seguro, la viudez, la vuelta a Montevideo. Y aquí estaban, de nuevo viajando juntas, jugando juntas, a que eran las que eran cuando corrían por la playa.

   El aeropuerto de Carrasco, lucía frío y gris.
   En la terminal del puente aéreo hicieron los trámites de rigor y acarreando sus bártulos se acomodaron en los asientitos del pequeño avión, a la altura del ala.
          - ¡Qué chiquitos!- dijo Mercedes.
          - Lo que sucede es que estás gorda- puyó María Inés.
          - Cierto, pero sola en casa, no encuentro nada mejor que cocinar para matar el tiempo. Y después no voy a tirar lo que cociné ¿no?. Y como y como y como.
          - Te voy a dar una dieta macrobiótica, para que se te complique el cocinar, con lo cual cocinarás menos y que además no engorda.

   El avión despegó e iniciaba la morosa maniobra de giro hacía la Reina del Plata, cuando un motor comenzó a fallar y tomó fuego.
   La voz del piloto intentando tranquilizar a la gente se mezcló inmediatamente con el griterío histérico que preanunciaba el desastre.
   Mercedes se llevó una mano al pecho que le palpitaba desbocado.
Miró a María Inés que, demudada, miraba el motor en llamas.
          - ¿Nos vamos a morir?- preguntó en un susurro.
   María Inés la miró y la abrazó muy fuerte.
   El abrazo duró segundos y años.
   A Mercedes le pasó una cosa roja por la vista, su respiración estaba muy entrecortada y los músculos del cuello le atenazaban la garganta.
   Separó a María Inés del abrazo y la miró a los ojos celestes y llorosos.
          - ¿Sabés?. Yo te amé toda la vida- dijo.
   El celeste de los ojos de María Inés se azuló por un instante.
          - ¿Amar...de verdad?- preguntó trémula.
          - Sí. De verdad. Me casé y me fui de vos, porque no me animé a sentir lo que sentía.
          - Y arruinaste tu vida y la mía- la rabia de María Inés le tremolaba la voz.
          - No. Por favor. No. No te enojes. Abrazame- dijo Mercedes. - No me animé, no me animé - seguía diciendo bajito, mientras María Inés volvía a abrazarla y el ala del avión se desprendía.



*Homero Muñoz.
Uruguay.
Analista de Sistemas.
Narrador y poeta, ha publicado en Uruguay, Argentina, México y España.
Cuento de Historias casi ciertas.