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Aún no comprendía
por qué el arroz le quedaba pegajoso si en la bolsa decía que era precocido.
Realmente no le importaba agregarle pollo crudo, lápiz labial, miel o pedazos
de periódicos a su arroz nihilista: No comería de él. Estaba asqueada de
tanto menear el cucharón al compás de sus caderas, mientras escuchaba una
deprimente cumbia de los ochenta que sugería a Gala como la protagonista
del vídeo de la canción.
Se sentó en la mesa de la cocina a fumar. Eran las cinco de la tarde. Le dolía la espalda de pasar cuatro horas en la cocina mientras esperaba que el estúpido teléfono sonara y que del otro lado apareciera la voz sofocada y eléctrica de Raúl. Lo odiaba. A sus treinta años estaba cansada de esperar: esperar que el arroz le quedara bien, a bajar unos cuantos kilos, a que apareciera una canción que le gustara justo cuando despertara; esperar que su vecino noruego la viera con ojos de deseo, esperar que el imbécil de Raúl llamara, esperar a que bajara la tarifa de la luz y del cable, esperar, esperar y esperar. Finalmente sonó el teléfono y se alborotó todo aquello allá adentro, corrió descalza y al descolgar con tristeza descubrió la voz de su hermana: “Gala, se me infectó el perforación que tengo en la nariz”.
En tres segundos demenciales Gala imaginó una enorme bomba nuclear cayendo en dirección exacta a su hermana; por ley de caída libre, la velocidad inicial en cero se acumularía y la aceleración del cuerpo en relación con el peso del mismo formaría un perfecto ángulo de 90º sobre el esqueleto descarnado de su hermana. Al caer, y ahora por ley de la inercia, la bomba ejercería una fuerza tal que al colapsar con la hermana, ésta ejercería una fuerza menor e insuficiente para disminuir el impacto de ambas masas. Si se toma el efecto de la bomba como perfecto, se dibujaría entonces un perfecto círculo con más o menos 20 metros de diámetro y en medio la figura de la hermana como un triángulo rectángulo circunscrito con 10 metros en cada cateto y como punto de tangente al círculo, justo en el ángulo 279º, quedaría el arito que tenía la hermana en la nariz.
Pasados los tres segundos se molestó consigo misma porque en el tiempo que perdió imaginando la muerte perfecta de su hermana, Raúl pudo haber hablado y colgar al encontrar la línea ocupada. Ahora Gala no sólo lo odiaba a él ni a la hermana, sino también a la bomba por no caer cuando era justo y necesario. Regresó a la cocina y observó con paciencia el humo que escapaba de la cacerola: se quemó el arroz. Era la misma historia de siempre, por andar maquinando muertes calculadas con inferencia matemática aplicada a la física cuántica, la realidad de su vida cotidiana se le deshacía como tableta efervescente en un uno de esos vasos de cristal que la gente termina robándose de los lugares de bohemios burgueses sólo por tener algo bonito para sonreír hipócritamente frente a los conocidos más pretenciosos.
No quería saber más de arroces nihilistas. Subió a la escalera y desde arriba se veía como un cuadro seudo realista de un joven pintor con el ego de intelectual de izquierda. “Cotidianeidad”, se dijo Gala; así se llamaría el cuadro de un artista con un perfil como ese. Pensó en lo patético que sería ser pintor y que tus obras siempre estuvieran a la sombra de alguien más brillante; y que a lo más que llegaran tus pinturas fueran a la sala de un esnobista que recuerda que compró la pieza sólo porque le gustó el tinte de pelo de la recepcionista de su oficina y que de alguna manera tu pintura se asemeja a ese tono. Se bajó de la escalera y encendió otro cigarro, abrió la bolsa de jocotes ya que no podía fumar en seco y el agua aún se estaba enfriando.
Un día Gala se levantó y el espejo le gritó que tras su espalda colgaban veintinueve años y que estaba más sola y perdida que un esquimal en la selva amazónica. Se aterró. Revisó, en un ataque de conciencia, su historial como ser humano que ha vivido y se ha hecho fuerte: Decepción total. Silencio de cuatro pico segundos. Se dio cuenta de que su método como caracol de mar no le había servido de mucho y que en su coraza de mujer independiente, libre e inteligente no había más que mechones de una tristeza exangüe que se adherían a su piel convirtiéndola en una mujer más vieja y amargada. Era el momento de arriesgarse y dejar de dar por sentadas cosas que ni ella daba por ciertas. Ese día Gala salió de casa desesperada por tomar las mejores fotos para la revista en la que trabajaba y así buscar en sus mundos sepia la voz que tanto había soñado que le cantara al amanecer. Doce horas después su carro colapsó con un taxi que transportaba la nariz más perfilada y recta que ella había visto jamás: Raúl en el cielo con diamantes.
Mientras esperaba su llamada, se tendió en la mesa a pensar en él, le gustaba hacerlo a pesar de todo. “Me gusta saber que existís”, le dijo una vez en medio de un marasmo alcoholizado. Podría tener millones de fotografías de él si pudiera, pudiera pegarlas hasta debajo de sus ojos y en medio de su cabello con tal de llevarlo siempre con ella. Una noche de septiembre a Gala le entró por dárselas de escritora vanguardista, le escribió una especie de poema titulado “Te quiero”: Te quiero con melodías tristes. Te quiero bajo la lluvia y
en el desierto. Te quiero con la piel verde manzana. Te quiero aquí y en
Micronesia. Te quiero en Afganistán, en Irak, en China comunista y en Corea
del Norte. Te quiero. Te quiero porque te quiero. Te quiero como hombre
y como mujer. Te quiero flaco o gordo no importa. Te quiero con quinientos
años más, con doscientos menos. Te quiero calvo y con pelo afro. Te quiero
corrupto y honesto. Te quiero a las doce del día y a las tres de la mañana.
Te quiero. Te quiero ver. Te quiero matar. Te quiero llamar y hablarte.
Te quiero pintar. Te quiero como presidente de la nación y como preso de
guerra. Te quiero enloquecer. Te quiero matar a besos. Te quiero convertir
en mar. Te quiero soñar. Te quiero ver bajo luces rojas. Te quiero. Te
quiero porque así lo quiero, pero te quiero.
Esa vez Raúl lo leyó y supo con certeza que si algún día encontraba un tornillo tirado, era porque a Gala se le había caído en una de esas noches de alboroto general. Le pareció tierno y hasta la vio adorable. Sin embargo, le pareció un seudo poema bastante trillado. Los días siguientes Gala sintió vergüenza de sus sentimientos como mujer enamorada. Jamás le había puesto sus sentimientos en bandeja de plata a alguien con el riesgo de que esa persona hiciera lo que quisiera con ellos.
Lo demás es historia. Raúl resultó ser un tipo más con visiones caleidoscópicas del mundo y simplemente se dejó llevar por la desesperación echa piel; desesperación que Gala gritaba a cada llamada a las dos y trece de la madrugada en sus arranques de histeria menstrual. Llegaron tan lejos que al final no lo podían sentir. Durmieron juntos durante ocho meses y justo cuando iban a cumplir nueve, Raúl tomó su maleta y se marchó a casa. No soportaba más. Se cansó de que Gala buscara su felicidad en él como única salida a su soledad anunciada por familiares y amigos. Se autodenominaba “Plan Contigencial para la soltería de Gala”. También él necesitaba experiencias y sabía que por muchos esfuerzos que hiciera aún no se arriesgaba a vivir como un ser humano herido, recuperado y más fuerte. Gala era lo único seguro en su vida y él no quería nada seguro ya. Así que la dejó durmiendo, al lado de la almohada dejó una grabadora con una cinta de piezas de piano. Así cuando ella despertara, tal vez no estaría él, pero sí Ludwig.
Gala en el infierno con carbón. La angustia de estar sola de nuevo hacía que se comiera las uñas cinco veces al día; dejó de cocinar y compraba comida congelada que terminaba dando al gato del vecino noruego. Meses después, pudo comunicarse con Raúl y le pidió que regresara a casa: “por favor”, agregó a media voz. Se tragó su orgullo con varios litros de agua mineral y después tomó pastillas de menta para el mal sabor de boca. Por su parte, él lo dudo varias veces y casi le dijo que no al auricular; pero se detuvo al analizar que tampoco su vida sin ella había cambiado radicalmente: era la misma basura. “Te llamaré mañana”, fueron sus palabras.
Y ahí estaba ella cansada de ver sus pies antes blancos ahora bronceados, cansada de tener que comprar miles de productos para los rizos de su cabello oscuro, cansada de cansarse por todo…cansada de esperar la sofocada voz de Raúl. Terminó por botar el arroz quemado y optar por el que viene preparado sólo para hervir. El teléfono sonó varias veces pero ninguna con éxito; La única llamada que la alegró fue la de su amiga de la infancia quien le comentó que estaba tomando clases de ruso. “Por favor, lo único que puedo decir en ruso es Vodka Stolichnaya y colegialas lesbianas”, aseguró Gala. Recordó su época de estudiante, cuando en una fiesta de verano ella y sus amigos vieron sus rostros bajo el efecto de quinientos veintisiete espejos mal cortados: sonreían sin decir nada al ver que la cantidad de vodka les llegaba a la altura de la frente, como si su piel fuera transparente.
A las nueve de la noche, la llamada de Raúl le importaba menos que la paranoia provocada por la cafeína y por el temor a un futuro globalizado que tienen los jóvenes X de un país tercer mundista; cuya mayor aspiración a desarrollo es botar todos los principios que un cura jesuita, en una calurosa mañana de Abril, les presentó como mandamientos divinos. “Estoy cansada de jugar”, se dijo. Apagó todas las luces y dejó que Ludwig derramara su sangre convertida en música por cada metro cúbico de casa. Varios vecinos llamaron a la puerta para que le bajara volumen; sin embargo los ignoró. Pensaba en lo hermoso que hubiera sido que en vez de fotógrafa fuera mujer dedicada a la música: “Tocaría el violín, la flauta o la cítara”. Se quedó dormida. Varios dragones chinos y duendes irlandeses desperdigaron margaritas del sueño que cubrieron la cabeza rizada de Gala con un collage de paz y quietud.
A las seis de la mañana del día siguiente, el teléfono gritó que alguien llamaba desde algún lugar. Contestó medio aturdida y casi sollozando; del otro lado apareció una voz sofocada: “Esperáme. Llegaré hoy”. Silencio. No había emoción, entusiasmo o cualquier sentimiento que le acelerara el corazón. Colgó. Se miró al espejo y vio un rostro raído, sin sueños de mandarina. Se bañó, limpió la casa, arregló su cabello y hasta se maquilló. Se sentó en el jardín a fumar. Esperó. Conversó con las hormigas rojas y hasta las ayudó a hacer el nido de arena. Por primera vez en su vida no se desesperó, tenía una calma desquiciada semejante a la que tienen los condenados a muerte.
Un par de horas después, Raúl tocó el timbre. Al verlo, Gala tuvo una sensación extraña, como la vez en que perdió la virginidad: Dolor y placer. Sangraba por dentro y no lo podía evitar; pero también estaba satisfecha aunque sufriera. No sabían qué hacer, ni qué decir; se miraron y, como en los mejores tiempos, sonrieron sin hablar. Gala empezó su discurso del cansancio de esperar a los treinta años, el deseo de asegurar aunque sea la soledad, o algo que pusiera sus sandalias en la tierra. Él siguió con su tesis de que no necesitaba nada seguro, sino vivir y experimentar. La escena era del tipo de novelas mediocres mexicanas donde la protagonista saca sus dudas existenciales y el coprotagonista las hace de sicólogo que acaba de salir de la universidad pero que no tiene ni idea de quién fue Freud. Así de simple. “Estoy harta de que nunca estés”, dijo Gala y repitió unas cuantas necedades más como “Yo soy la que pierde siempre”, tipo reclamos de una mujer drogada que publica su “terrible” caso en Cosmopolitan para que a las exitosas se les suba el ego. Él sostenía que para tener algo seguro lo primero era vivir y tomar algo de la experiencia y no empezar por el medio, como quería ella, sino desde donde se debe, desde el principio: “como la gente normal”, agregó.
En uno de sus ataques impulsivos, Gala tomó del brazo a Raúl y lo puso frente al espejo de cuerpo entero: “Decíme qué ves dentro de un par de años”. Él Contestó que lo mismo que en ese momento, sólo que con su ausencia. Gala de nuevo en el infierno con carbón. En un pico segundo azul cobalto, ella comprendió. “Me cansé de esperar porque yo nací para correr”. Raúl se apartó, pensó que al fin ella también tenía la mirada caleidoscópica. “Pero me cansé de correr y tengo miedo”, agregó. Raúl la abrazó y le susurró al oído que él también la quería; ella sonrió entre lágrimas y le dijo que se fuera. No tenía caso. “Tengo que esperar y hallar la dirección correcta. Necesito esperanzas y ya no puedo correr”, le dijo. Más depresivo…imposible. Él se apartó y la vio con el rimel derramado, parecía modelo londinense con ataques de esquizofrenia: simplemente hermosa. Ahora él la esperaría, aunque sea en una estación de buses de aspecto dudoso; pero que tenía que irse por el momento. Gala sonrió y descubrió que tenía azúcar en el pelo. Calló. Raúl dejó otra cinta con piezas de su amigo Frederick Chopin, la besó en la frente, tomó un cigarro y partió. Gala se sentó frente al espejo. Aún se preguntaba por qué el arroz le quedaba pegajoso si era precocido. Sacudió su cabello y saltaron varios sobrecitos de azúcar y unas fotos de Raúl
Y sin darse cuenta ya estaba al lado del camino. Tratando de alcanzar la hipérbola del tiempo, quien se escurría entre sus piernas quemándola. Ahora el espejo era un lugar seguro, no tenía que correr, ni esperar, sólo adormecerse frente a las imágenes que se dibujaban en él. La última y más impactante fue meses después, cuando vio una mujer bastante parecida a ella acostada en el piso, la piel blanca y los ojos en el punto 6.89 de eje “y”. Varios enfermeros con mascarillas en el rostro revisaban sus signos vitales y nadie se acercó ni siquiera a llorar el cuerpo inerte. Un médico forense la cubrió con una enorme bolsa negra de plástico y amarró una etiqueta numerada en el dedo gordo del pie izquierdo. Buscaban por toda la habitación alguna agenda para llamar a los conocidos; pero no hallaron nada. Corrían de un lado a otro como escapando de la putrefacción del ambiente que destilaba el cuerpo sin vida. Finalmente la sacaron en una camilla, apagaron la luz, cerraron la casa por completo y más nadie volvió a entrar. Raúl jamás apareció.
Gala lo observó todo con una lágrima de tiza que rodaba sobre sus pliegues líquidos. Había visto su muerte y no era tan matemática como ella siempre la soñó. Encerrada en el espejo no esperaba nada, sólo escuchaba las voces de niños del otro lado del mundo… donde ella solía vivir hasta los treinta años. Aún conservaba las cintas de Ludwig y de Frederick, no sabía cómo habían llegado ni quién se las dio. No recordaba nada, sólo la imagen de su cuerpo muerto. Siempre eran las seis de la tarde. El sentido de su encierro en el espejo era cazar el tiempo quien tomaba distintas formas: cóncavas, convexas, equiláteras, prismáticas, elípticas. Y así algún día, volver a salir del espejo y nacer… abrir los ojos pero esta vez al más infinito positivo del eje “x” donde hallará de nuevo la vida para esperar y sonreír sin decir nada. 
Elissa Pascasio
San Salvador, El
Salvador.
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marzo
2004
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