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Y otra vez
se quedó sin sal. Margarita no sabía ahora cómo explicaría a su abuela
que el almuerzo, destinado a los obreros de la construcción, quedó más
insípido que ella misma con su vestido de domingo.
Buscó en la despensa algún frasco con los últimos vestigios de sal. Imposible. Ahora el pollo no era más que un pellejo hervido que buceaba junto a verduras que nacieron marchitas, raquíticas e inconclusas. Era demasiado tarde para Margarita y en cualquier momento los obreros llegarían asesinados del hambre, con ganas de morir comiendo y sin preocuparse de lavar sus manos antes de ello. Lo sabía. Únicamente le quedaba ensayar su más falaz sonrisa para que su abuela no reparase en el detalle y luego, rezar para aguantar todos los insultos y recriminaciones que caerían sobre su cuello una vez más.
Salió de la cocina y mandó a sus hermanitos a sacar las mesas y voltear las sillas; el polvo levantado por las botas de los obreros se observaba a cien metros de distancia y venían justo en dirección al comedor. De repente Margarita sintió el olor de un perfume rancio mezclado con el sudor causado por el infierno del mediodía: la abuela regresó del mismísimo mercado. Se erizó hasta el coxis. Como era de esperarse, sus labios graficaron una hipérbola ascendente, una “u” mayúscula que maquilló su felicidad de plástico producida por el regreso la anciana.
Los obreros observaron el esqueleto de la tía abuela envuelto en numerosas capas de piel, aminoácidos y tejidos musculares cubiertos con tarros de grasa; las piernas remitían pequeñas salchichas fritas: gruesas, pequeñas y aceitosas. Feliz y sudorosa, saludó a todos. Al ver a Margarita supo que ésta correría la misma suerte que su madre: morir esclavizada a una cocina exangüe y sin la delicadeza de tener una cacerola decente, como las de ella, de teflón. La vieja revisó que sus polvorientos clientes estuviesen perfectamente atendidos. Al ver la caja registradora, una lágrima de felicidad se desvaneció en su redonda mejilla.
En los rostros de los obreros poco a poco, el odio y el instinto sicópata se evidenciaron a medida que probaban la sopa de pollo. Las ganas, de cometer un asesinato en serie y de hundir las manos en la sangre espesa de la anciana y en la salada de Margarita, se canalizaron en una protesta al unísono. No era posible que, después de una dura y larga jornada de trabajo, ni siquiera un plato de sopa de pollo fuera lo suficientemente bueno como para colorear la existencia. No.
Al ver el armagedón que venía encima, Margarita huyó de la escena y se refugió afuera de casa, donde todos los buses desfilaban lentamente por el tráfico de la construcción y en el marasmo de las dos de la tarde. Y ahí estaba ella: observada por 14,658 de pares de ojos que examinaban el por qué del color de su ropa interior sobre esa tela tan delgada que dejaba ver hasta su alma. Margarita abrió la boca y dejó que el sol mojara sus dientes con luz, imaginó cómo sería su vida si tuviera 25 horas perfectas, inmaculadas, perfectas... no le importaría que los demás días fueran un completo tormento; sin embargo era una miserable, porque ni siquiera podía tener esas 25 horas y su vida era un carga llevada a cuestas; pero era una muy querida, de ésas que, al final del camino, no se quieren dejar aunque pese el triple. La chica pudo permanecer así por siempre, de no ser que uno de los obreros le dijo que la abuela la llamaba a gritos.
La esponjada cabeza de la vieja de pronto se convirtió en la de un elefante disecado; en un instante desquiciado crecieron las ganas de ahorcar a su nieta con sus propios cabellos. Margarita cerró los ojos y escuchó el canto de una sirena frustrada porque jamás tendría piernas para parir sirenitos y el de una amargada porque las conchas de mar ahora las fabricaban demasiado pequeñas como para cubrir sus grandes pechos. Se equivocó. No, no eran sirenas al borde del suicidio... era su abuela que tragaba insultos para vomitárlselos en forma de un pegajoso pigmento amarillo que arrancaba trocitos de epidermis poco a poco: Margarita pálida y escarchada.
Y al ver la cara violeta de la tía abuela, la chica tuvo una sensación extraña, como la de un orgasmo cortado, de ésos que no terminan de explotar, más bien suspendido. Era como que si de sus extrañas emergiera un maremoto que ni siquiera podía nombrar, como un vendaval de tomates desechos traducido a una risita creciente e imposible de retener. Y así, mientras de la boca de la abuela salía la caja de Pandora en forma de gritos zigzageantes que se herían cualquier recoveco, una risita creciente jugaba bajo la piel de Margarita: curiosa y traviesa. La imagen de su abuela convertida en un payaso nefasto e histérico y rodeada de escuálidos trabajadores que parecían destinados a ser la cena de la vieja, produjeron en Margarita un cosquilleo intermitente, como el de millones de lucecitas encendidas que provocaron el incendio de un carcajada que interrumpió la siesta de Dios.
Los albañiles vieron cómo la abuela marcó, con un sonoro golpe, sus cinco dedos en la mejilla hundida de Margarita y la forma en que ésta cayó al suelo: se apagó el incendio de la risa. Nadie se atrevió a defenderla, en pleitos de matrimonio y de familia, lo mejor es no involucrarse. La abuela tomó la olla de la sopa, ahora tibia, y la vertió sobre el cuerpo de Margarita; a unos obreros el gesto les encantó porque ahora podían ver con más claridad los dibujos que tenía la ropa interior de la chica. “Ahora vos te hartás toda la sopa, por pendeja”, le dijo gritando.
La abuela corrió a su cuarto a llorar. Era increíble que la inversión de las semanas fuera traducida cero ganancias sólo porque a su liquida nieta no se le ocurrió abrir la boca y pedir sal cuando fue al mercado. Sabía que lo inevitable estaba por pasar: los clientes caerían bajo los almuerzos de Gilda –la competencia- donde el refresco no era de tamarindo como el de ella, sino de arrayán y donde las tortillas eran más suaves y las del viernes eran de maíz nuevo. El hilo atractivo de su establecimiento era la sopa de pollo que tenía un toque especial de jengibre con pimienta gorda, laurel y cilantro; era un secreto entre la abuela, la madre de Margarita y ésta última. Ahora ya no tenían hilos sino más bien clientes resentidos a la sacrosanta hora del almuerzo. Y todo por culpa de la boca de la nieta: abierta cuando no debía y cerrada cuando debía. Y qué haría la abuela con la olla entera de sopa rancia y tibia, que ni siquiera el mismo diablo merecía.
Flotaba la anciana sobre el vaso de agua donde yacía ahogada, cuando en el umbral de la puerta se trazó una silueta de polvo y con olor a sopa de pollo –sin sal-: Margarita con el cabello mojado que cubría inocente sus pechos del tamaño de un limón. Tenía el rostro iluminado, tanto así, que daba miedo; sonrió al ver las lágrimas de la abuela y entró al dormitorio de ésta sin pedir permiso ni tocar la puerta. “Abuela, le voy a demostrar que la sopa sin sal sabe mejor. Se acordará de mí”, dijo y salió de la habitación y dejó en ella el aroma de su cuerpo aún pegajoso. La anciana reflexionó en lo último del enunciado y le pareció absurdo, por supuesto que se acordaría de ella por ser sangre de su sangre, hija de su única hija muerta: su nieta.
Y sin que nadie la estorbase, Margarita entró a la cocina y se adueñó de todo, hasta de los cadáveres tostados de las cucarachas y de los gusanos que salían del estómago de un ratón convertido en momia. Obreros, abuelas, hermanitos y demás gente metida observó cómo la chica tomaba pollos congelados, verduras y los miraba con actitud arisca. Quería demostrar de qué estaba hecha su piel, su ímpetu y que era capaz de convertir una grasienta sopa de lo último en toda una exquisitez gourmet sin necesidad de depender de nadie para nada y que ella misma podía pasar por encima de los demás y así no dejarse escupir más nunca.
Pasó horas enteras, semanas llenas de un patético vaho a cocina desgastada por el uso extremo. El comedor se cerró por completo, la abuela se limitó a escuchar el golpe de las cacerolas entre sí y el de los cucharones de metal bañándose jubilosos en la pila de agua potable. Cientos de pollos sacrificados, miles de pellejos hervidos y esqueletos devorados por los perros callejeros fueron parte del saldo total de la creación de la mejor sopa de pollo, sin sal, vista jamás. Margarita por un instante quiso ser Dios para crear sus propias especias sin necesidad de recurrir, en un arrebato desesperado, a la vieja receta de la abuela.
Después de un febrero con 31 días, Margarita salió de la cocina con su vestido más elegante, manchado con grasa y comida; la boca untada de azúcar –como sustituto de brillo labial- y con pequeños pedazos de periódicos viejos en el cabello suelto; tenía el rostro diáfano, despercudido y una mirada que sugería la de una mujer que ha pasado ciega durante siglos y que recién despierta. La abuela la observó y entendió porqué las mujeres de su familia tomaban el café amargo e hirviendo: les molestaban las cosas suaves y fáciles de lograr. Margarita no usó la vajilla de peltre de la abuela, sirvió la maravillosa sopa en los platos de cerámica que compró en el mercado. Sentó en la mesa a un grupo de obreros, a sus hermanitos y, por supuesto, a la abuela.
Advirtió que, después de tanto tiempo buscando el punto iluminado y perfecto de la sopa de pollo, su gusto por ésta se convirtió en repulsión. Con cuidado de no derramarla sirvió exactamente veinte cucharadas a cada uno, acompañadas de un pan hecho por ella misma. Todos se miraron mutuamente y la abuela frunció los labios, no podía creer que su estirpe fuese tan lejos, tuvo el presentimiento que habían creado seres intratables sin quererlo. Poco a poco, las cucharas se deslizaron ligeramente sobre las paredes hondas de los platos, tomaron una cantidad de sopa que llevaron a sus labios con los ojos cerrados y la mano izquierda en la entrepierna. Ocho pares de ojos se detuvieron en los 23 años de experiencias traducidos en huesos y piel de Margarita.
Tres segundos después, la sopa les pareció la décima maravilla del mundo - la octava y novena eran las manos y el ingenio de Margarita respectivamente- era como si de verdad se tratase de un elixir recién descubierto por los alquimistas con propiedades curativas. La sonrisa retorcida de la abuela evidenció la satisfacción causada por el ímpetu de su sangre canalizado en la mirada agridulce de la nieta.
Y de esa manera, La gente de los alrededores escuchó la algarabía y el resueno de ecos vociferando que, por fin, una mujer era la dueña de la mejor sopa de pollo, sin sal, descubierta jamás. Los clientes del comedor crecieron convulsivamente y de manera casi desquiciada por la necesidad de probar una comida lo suficientemente buena como para no pensar en el destino parroquiano e insípido de sus vidas. La abuela no concebía que una simple muchachita fuese la portadora del color y del sabor de muchas vidas y, peor aún, con un instrumento tan absurdo y nefasto como una sopa de pollo insalubre.
Margarita ahora reía libremente por las imágenes sobrepuestas de la anciana y los papeles circenses dados a los actores secundarios de su tragicomedia: sus hermanos, los obreros de la construcción, las vecinas de cabellos teñidos. La chica podía montar, en su reseco escenario de polvo blanco y botas lodosas, toda una historia para morir de un ataque al corazón causado por el cambio violento de un estado anímico depresivo al de todo un carnaval sádico donde hasta la muerte y las bajas pasiones eran celebradas porque simplemente no había modo de tragarlas únicamente con agua mineral.
La abuela permaneció dolorosa y sonriente a las locuras de Margarita. Era parte principal de una historia sin letras; historia escrita no con el corazón ni la mente, sino con un ego blanqueado con lejía. Dejó que los pedazos de periódicos del cabello de la chica se convirtieran en billetes verdes y helados, como recién salidos del banco o de algún cajero. Observó, desde su filtro de 78 soles y carcomidas lunas, cómo el destino de la chica pasaría de una aburrido círculo a una ondulante parábola sin punto de intersección y giratoria hasta el infinito. Sólo era cuestión de tiempo.
Y tras el augurio gélido del amanecer, la construcción de la carretera finalizó al séptimo mes de empezada. Para esa época, las anchas caderas de Margarita fueron cubiertas con vestidos de moda y su larga cabellera negra fue recortada y ahogada bajo un tinte rojizo que, con el paso del tiempo, quedó más bien como la de un rubio descuidado. La sopa de pollo sin sal se vendía casi en cantidades industriales y el contrato de un restaurante mucho más fuerte llegó a las manos de Margarita como el clímax de aquélla próspera época. Su vida pudo convertirse en modelo a seguir por las generaciones de su propia familia y hasta ser considerada una mujer mártir de los abusos de la abuela; sino fuera porque en un descuido, una de sus hermanas menores descubrió el secreto de la maravillosa sopa: el perfume de su madre fabricado por la mismísima abuela del mercado y basado en sustancia con jengibre y laurel.
La niña descubrió bajo la cama de Margarita un cepillo de dientes, un llavero en forma de nube y cientos de frasquitos con el perfume que usaba su difunta madre. Todos ignoraban que la abuela, aparte de preparar sopas dañinas para la presión arterial, también era casi una alquimista de esencias de perfume basadas en hierbas caseras. Colapso nervioso. La hermanita corrió al comedor y gritó a todos que no era ausencia de sal, sino presencia de perfume lo que hacía la sopa un elixir al gusto. Volvieron los periódicos al cabello e Margarita y se unieron al nefasto tinte de cabello y a sus caderas de vaca. No lo podía creer. Pasó huyendo de la receta de la abuela que se topó con ella sin saberlo, como una reencarnación mal pagada pero con el agravante que ni nieta ni abuela estaban muertas.
La abuela suspiró. Vio caerse todo el imperio de la sopa de pollo sin sal al mismo tiempo que los clientes corrían enloquecidos al comedor de Gilda donde la comida era preparada con esquizofrénicos volcanes de sal. Margarita volvió a tener la imagen del payaso histérico y nefasto pero ahora se trataba de ella misma; como quién estaba en medio de su propia tragicomedia. No era parte del la producción, nunca lo fue. Sin tiempo para ordenar las emociones y llorar, Margarita se volvió a la abuela y simplemente le preguntó: “¿Por qué ?”. En ese momento, la abuela vislumbró el destino de su nieta como la aturdida hipérbola pero cruzada con la de las demás mujeres de su familia: nerviosas e impulsivas, impetuosas y estrelladas. “No podés retar tu propia sangre, es como si lucharas con vos misma frente a un espejo”, respondió mientras se perfumaba con el aroma a jengibre de su hija muerta. Margarita calló. Era como si pudiera leer el universo, entenderlo, nombrarlo y todo en cuestión de picosegundos fluorescentes. Ahora sabía por qué la abuela sazonaba la sopa de pollo con sal y también por qué usaba jengibre en ella y en el aroma de su madre. Todo se trataba de una búsqueda por alejarse de una vida insípida y normal, tanto así que aburría el hecho de esquematizar la vida y nombrarla desde ahí. La abuela lo descubrió al crear recetas de sopa y perfume que calmaran esa ansiedad y Margarita lo quiso romper mas no pudo. Dos segundos después y al ver la mirada lúcida de la abuela, descubrió que hasta el perfume de su madre contenía sal.
Elissa Pascasio
San Salvador, El Salvador. |
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Enero
2004
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